Si te llamaras Siberia

En su cumpleaños número ochenta, Flor sostiene con ambas manos un plato con pastel de zanahoria; su hija María lo compró en el supermercado, se debatió entre un pay de queso congelado y la inmejorable oferta del pastel durante diez minutos, luego pagó, subió al auto y fue directo a casa de Flor. En la primera avenida el pastel sufrió un golpe que removió ligeramente el betún, María frenó el auto y no pudo evitar que el pastel rebotara en el empaque de plástico. Frunció el ceño después del susto y antes de maldecir al taxista calvo que había cambiado de carril sin previo aviso, lo hizo también cuando miró el betún y pensó que hubiera sido mejor opción el pay de queso congelado.

Siempre en el cumpleaños de Flor, hijos y nietos caen en cuenta que son más viejos. Al tema de las enfermedades y las medicinas cada año se une alguien más. La presión arterial, la diabetes y el reumatismo son padecimientos hereditarios, así que cada nueva generación asegura la tradición. Es como si se acudiera al acto oficial en el que los pensamientos catastrofistas se reivindican. María aún alterada les relata el accidente del pastel de zanahoria en el mismo nivel en el que Manuel, su hermano menor, despotrica contra los directivos del Banco Mundial; de alguna manera, conectan la malicia del taxista calvo con la avaricia de los banqueros e inversionistas. Ambos bandos, como una liga del mal con dirección universal, los descomponen lentamente y es la celebración de Flor en la que son conscientes de su magnitud.

No suelen encontrarse con regularidad pero se tratan con afecto y naturalidad. Las anécdotas compartidas, las versiones mal contadas de tiempos pasados que tiene cada uno alimentan a los demás. Los jóvenes observan aburridos a los mayores, se resisten a la tentación de imaginarse ocupando ese sitio, se prometen en voz baja que ellos serán diferentes, pero lo cierto es que no, no lo serán. Los jóvenes se reúnen en el jardín pequeño, desde allí escuchan la conversación agitada de María, Manuel y Esteban, el primogénito de Flor que sólo mueve la cabeza negando las historias sin aportar nada. Fue el primero en nacer, por lo tanto, confían con devoción en su última palabra. Sentencia cada anécdota con un “no eras tú María la que tenía sarampión en la boda del tío Jaime, era Manuel y él contagió a la hija de Nati” o “la bicicleta era verde, no azul y al final se la regalaron a un albergue”. Pero, en realidad, Esteban no recordaba nada, solamente improvisaba con éxito.

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Un paseo de televisión

Tras el final de la cuarta temporada de True Blood no queda más que desilusión. Lo que molesta no es el uso indiscriminado de criaturas cada vez menos interesantes y flojas; la reincidencia en una comedia que, a fuerza de repetirse sin contención, cruza el borde delgado entre el humor negro y lo patético; o los episodios evidentemente forzados en escenas eróticas y las innecesarias historias de relleno; no, lo que realmente irrita es haber esperado una semana por meses para ver cómo nuestros personajes favoritos se convierten en un séquito en celo detrás de Sookie Stackhouse y no poder evitarlo. Pero sobre todo enoja no tener el poder de olvidarse de True Blood porque el intro sigue siendo encantadoramente el mismo y porque imaginamos a Alan Ball riéndose de nosotros mientras los vampiros se inmolan por el amor verdadero de un hada dudosa y caliente; al parecer, esa combinación es la que endulza su sangre. El último capítulo, sin embargo, dejó la posibilidad de salvación: la reaparición de la versión vampirizada del reverendo y líder de la Comunidad del Sol (archienemiga de la Liga de Vampiros) podría ser el camino para retomar el enfrentamiento politizado entre criaturas mediáticas, sedientas de poder, en un pueblo híbrido perdido al sur de los Estados Unidos para el verano del 2012.

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cualquier discapacidad

No llovía. Aquello fue una mentira para obligarse a salir de la cama. Las ventanas estaban abiertas pero ningún viento las golpeaba, tampoco el granizo que, se decía a sí misma, estaba a punto de reventar los cristales. Debajo de las sábanas no escuchaba nada más que un pensamiento en certeza, que en cualquier momento la habitación estaría inundada por la lluvia si no corría a cerrarlo todo. Sin embargo, la calle no podía estar más seca y calurosa. El sol por encima de todo coronaba una mañana sin catástrofes. Líneas de sol se hacían paso por las hendiduras, la noche era disuelta, la pasada oscuridad se convertía en el pequeño recuerdo del sueño; y Gloria, que deseaba prolongarlo ignoró, una vez más, la lista mental de desastres forzados.

Al posar los pies sobre la alfombra que al instante buscaban las pantuflas, sintió cómo los días en vacaciones son sólo uno larguísimo, con atardeceres y noches, comidas y cenas, sandalias y zapatos altos. Mitad dormida, mitad sonámbula, supo que la rutina se partía en cuantas tiras se es capaz de contener debajo de la almohada. Estaba bien Gloria, salvo que aquella mañana tendría que haber llovido en verdad, una de todas las catástrofes debía haber sucedido. La noche anterior, antes de irse a la cama, en un intento por abrazar el remanente de vacaciones, encendió el televisor. Acostada en el incómodo sofá gris y con los cojines repartidos a lo largo de la espalda, inició una película en la que una pareja tenía sexo frenético: tan falso y tan frenético como la televisión puede. Era un cine casi mudo, jadeante y tonto. Pero Gloria aburrida no intentó, si quiera, cambiar el canal. Se desveló viendo lo que, algunas horas después descubrió, era el maratón de un repetitivo y pobre XXX.

Cuando sonó el despertador -con ese hábito imperdible de siempre, puntual e insistente- entendió también que los días en vacaciones se disfrutan más siendo burócrata, aunque sabía que ese placer reglamentado por periodos anuales, apacible y esperado, era el signo inequívoco de la contaminación humana. El terror inminente a un tsunami de chistes de oficina y de boquitas fruncidas intentando sonreír le provocó un escalofrío que le subió de los pies hasta la nuca. Inhaló y exhaló como se lo dijo el terapeuta. Tenía los ojos hinchados por el desvelo y la boca amarga cuando estuvo de frente a la cafetera en su cocina.

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La Isla. Literatura en digital.

Entrevista a Cecilia Galli, a propósito de su nueva novela La Isla, en formato digital.

La trayectoria literaria de Cecilia Galli, en los últimos dos años, ha despegado imparable. Aquellos que la conocimos con las crónicas, cuentos y poemas posteados en su blog, chicamigraña¡, chicamigraña¡ sabemos que la personalidad de esta escritora porteña es profunda, avasallante y, a la vez, divertida y fresca.

Luego de la publicación de sus dos primeros libros karaoke kiss (2010, Textos de Cartón) y Superherores(2010, Cara de Cuis editora), Cecilia Galli se aventuró en la escritura de su primera novela, La Isla. Su protagonista Rita Scoleri, inmersa en reflexiones caóticas, se sitúa en una Buenos Aires a punto de concluir el milenio. Rita reconoce la posibilidad del borrón y cuenta nueva pero también sabe de la inminencia de escribir una y otra vez la misma historia sobre cualquier pizarra en blanco.

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Metropia

En 2009, se exhibe en pantalla, luego de presentarse en diversos festivales, la película de ciencia ficción animada Metropia. Dirigida por Tarik Saleh  y escrita en colaboración con Stig Larsson y Fredrik Edin. Acompañada, además, de las voces de Vincent Gallo, Juliette Lewis y Alexander Skarsgard (Eric Northman enTrue Blood), esta cinta sueca relata la situación en el año 2024, de una Europa inmersa todavía en el fin del milenio.

Desde la rutinaria y deprimente vida de Roger, un trabajador cualquiera, se dibuja un escenario oscuro –que en más de una vez recuerda visualmente a Dark City (Alex Proyas, 1998) y algunas otras joyas de la ciencia ficción- en el que los recursos naturales están agotados y los mercados comerciales colapsados.

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La rabieta de Eloisa

Brillar en la oscuridad fue siempre su mayor ilusión. Deseaba vivir en un jardín creciendo como mala hierba y dar frutos como dientes de león que, al desprenderse del tallo, volaran de noche en forma de insecto fluorescente. Sin embargo, Eloisa pronto descubrió que no había nada especial en ella, que estaba creada en absoluta ausencia de luz. Notó que de sus pálidos brazos asomaban venas que no brillaban, tampoco sus labios de rosa mate, ni su cabello cenizo lo hacían.

Brillar en la oscuridad fue siempre su mayor ilusión, pero buena parte de Eloisa era gris, terriblemente gris. Los genes de tiza y carbón fueron los eslabones predominantes en la cadena genética que heredó de ti; de mí adquirió lo dúctil y resistente, química pura materna, metálica. El acento nasal es imposible saber de dónde le vino, lo cierto es que después descubrimos que empeoraba al pronunciar nuestros nombres, algunos tipos de plantas, partes de máquinas y números pares. Dijiste que la repararías, pero no lo hiciste.

Para Eloisa eres el boceto inacabado de una figura durmiendo largas siestas, sentado sobre una silla. Pese a lo arriesgado, no has caído nunca. La vieja madera de la silla cruje cuando te acercas peligrosamente al vacío, cruje siempre que la haces levantar sus patas delanteras para sostener tus piernas sin fuerza, mientras que el respaldo aguanta tu encorvada espalda, y te salva.

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Misfits: los superpoderes de nuestros amigos

Tengo el hábito, por lo menos una vez al mes, de hacer una reflexión –profunda, por supuesto- acerca de las posibilidades sobrenaturales del prójimo. Costumbre totalmente ociosa que, en algunas ocasiones, me ha producido orgullo ajeno y otras, tremendas angustias alrededor de superpoderes inútiles. Da igual si ninguno de ustedes suele perder el tiempo de esta manera; habrán encontrado, entonces, mejores usos para la parte del espíritu que no trabaja y no estudia. Aún así, fantasear con el día en que nuestros amigos tendrán alguna fuerza posthumana es una actividad recomendada: alimenta la amistad y construye lazos del futuro, tipo John Connor con la humanidad.

Si no lo creen, basta con detenerse en las dos temporadas de la serie Misfits, -producida por la cadena de televisión inglesa Channel 4- y comprobar lo que ocurre cuando un grupo de cinco jóvenes son alcanzados por una tormenta eléctrica en su primer día de trabajo comunitario. El quinteto formado por infracciones menores parece expulsado del absurdo mismo y, sólo por ello, le merece la atención.

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Norwegian Wood, Tokio Blues y las otras historias

Comparto en el consenso de que la narrativa cinematográfica y la literaria gozan de naturalezas propias, que construyen sus ficciones priorizando según sus recursos; asisto a la consigna de no pretender mirar con el mismo visor la película y el libro. Sin embargo, si bien es cierto que se gestan en planos distintos, también lo es que comparten, particularmente en las adaptaciones a guión fílmico, mucho más que la idea. Es conocido que no existen formulas universales para adaptar letras a imágenes; en ese proceso, influyen aspectos como los objetivos de la industria cinematográfica, del equipo creativo, la trascendencia de la obra, las expectativas de las audiencias, entre mucho otros.

Habrá, entonces, adaptaciones con mayor libertad que otras; tal vez, en el afán por alinearse al texto se volverán rígidas algunas metáforas que para el lector fueron etéreas; o, en la lucha por su autonomía creativa, la película difumine los indicios del libro en aras de una nueva historia. El resultado fílmico, seguramente, responderá a los índices de calidad al que sea sometidos: afinidades o aversiones, al fin y al cabo. De cualquier forma, y a sabiendas de que algo en mí parte de la certeza de que el visor cambia la lente -esto aunado a todo lo anterior- ya puedo confesar que bajo ningún pretexto logré aislar Norwegian Wood. Tokio Blues (Haruki Murakami, 1987) de la videncia de Norwegian Wood (Anh Hung Tran, 2010).

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