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El año Bartleby

En unos cuantos días será mi cumpleaños; uno más, pero también uno nuevo. Es curioso, pensé que sería siempre fiel al ritual común de la depresión pre-cumpleaños; sin embargo, no he tenido espacio, ni tiempo, ni ganas. La tristeza, tal como la conocía, me resulta extraña. Todo ha cambiado por acá, incluso la casa: regalé mis queridos muebles viejos, las paredes son ahora de un blanco increíble y el gato está feliz con la alfombra nueva. Está feliz en general, por inusual que parezca. Yo dejé que el cabello creciera, ahora es larguísimo y dicen que sonrío más, que algo me brilla en el rostro y que no es grasita, que debe ser otra cosa. Sí, es cierto, es otra cosa. Y podría dejar aquí el recuento anual pero no están los tiempos para obviar lo hecho, ni desestimar lo andado.

Un año atrás, me encontré con la planeación pendiente de un futuro que imaginaba imposible de moldear y una lista acumulada de todo aquello a lo que quise decir no, mientras lo hacía. El anterior fue un año Bartleby, a esa conclusión llegamos M. y yo cuando hablábamos de los meses pasados, como si desmenuzáramos nuevamente el final de Six feet under, como si habláramos del 2005, o de 1996, porque ahora necesitamos décadas para explicárnoslo todo; ahora más que nunca. El año Bartleby fue una cadena de preferir no hacer, una cadena que, al principio, pensé que iba aprisionarme eternamente. Lo que no sabía en aquél momento es que aprisionar es distinto a sujetar; y que la negación de la continuidad es, de alguna manera, el principio de la libertad. Sea lo que sea que esto signifique, no es lo heroico que parece. De entrada, el “no” es un abandono, una renuncia, un cambio, una oportunidad, un regalo fantástico. Es, más o menos, éste el paulatino proceso de la aceptación, del reconocimiento del “no”.

Al principio, la conciencia confundida grita: ¡idiota arrogante, no renuncies, no abandones, no te vayas, no cambies, no desees, no vivas…! Es inútil todo cuanto se diga, llegado el momento, la apuesta no es el bienestar sino la sobrevivencia. Vaya, que para estar mejor, lo principal es desear estar vivo; y esto es, sin lugar a duda, un acto de voluntad. El “no” es voluntad. Pero lo cierto es que la adrenalina de la decisión se extingue pronto y aparece la noche, el insomnio, las muchas mañanas y ya está, la vida continuó. Punto y seguido. Y, entonces, es urgente echar mano de la imaginación, de la gracia humana que permite construir relatos diarios, eslabones entre hoy y mañana que sustenten, fomenten aquella planeación siempre pospuesta, siempre indispuesta.

He dicho no y significó no, eso fue nuevo y reconfortante. Es bueno decirlo, ejecutarlo y no justificar el tiempo que implica repensar la autobiografía. Luego del “no” viene la nada; es decir, el año Bartleby me lo tomé más o menos a rigor. Aunado a mi descubrimiento de la nula planeación, estaba mi condición de escritura fragmentada, de pensamiento autocensurado. Este mal es más viejo, imposible colgárselo al “no”. Esta condición la cultivé por años, hasta la apatía; y no sólo es grave porque representa parte de mis habilidades laborales sino también porque es inherente, al menos para mí, para imaginar el futuro. Se convirtió en una incapacidad para ficcionar, para imaginar el día a día.

El año Bartleby lo pasé tan muda como hacía tiempo. Fracasé en todas las estrategias disciplinarias que me impuse, odié sin pudor mi escritorio, mis libros, mis proyectos; en el periodo más álgido dejé de leer, encallé. Entonces, me dediqué a la repostería. Horneaba dos o tres pasteles por semana que regalaba en pedazos a los vecinos. Me encantan las recetas y los refractarios con medidas impresas pero tuve que parar. No necesitaba más harina sino estructura, orden. Mi lista de pendientes es pequeña pero pesada, con un solo tema del que derivan el total de mis pesadillas. Siempre me han abrumado las minucias, las entrelíneas con poco sentido que permanecen como señales. Es urgente recuperar las dimensiones reales que luego, en perspectiva, son ridículamente menores.

Pienso mucho en un fragmento de Otras voces, otros ámbitos, de Capote, en el que dice –parafraseo– “era como si mente fuera una isla en el tiempo y el pasado el mar que la circundaba”. Pero lo pienso distinto conforme pasan los años, supongo que es normal. Cuando recién lo leí interpreté el fragmento como si fuera un estado contemplativo que favorecía, ciertamente, una visión nostálgica y tramposa del pasado. Lo malo de tenerle tanto cariño al pasado es que el pensamiento se torna monotemático, corto; y una isla mental circundada solamente por un mar imposible tiende a la torpeza, a la inutilidad, nada le requiere más allá de los límites de un horizonte. En aquel tiempo ese estado permanente de autocompasión, digo contemplación, fue tan exquisito que la paulatina improductividad me pareció un precio justo. Mucho después, durante el año Bartleby el mar elevó una enorme ola y cubrió para siempre a la isla. Pero no hay tragedia aquí, ha sido increíble. Mi, entonces, recuerdo favorito impregnó completamente el presente; y nunca nada ha sido tan complicado ni tan bello.

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Esta mañana, cuando he visto través de la ventana, no había nada nuevo: las mismas dos azoteas y el tejado de metal por el que desfilan las palomas que mi gato tanto odia. Sin embargo, yo tengo la sensación de que hay más luz, más aire; que respiramos mejor o más, no lo sé. En fin, parece que comenzaré a cumplir los años que no estaban planeados, con la tristeza espantada, la casa pintada, el cabello largo; y sobre todo, aquí, abrazando bien fuerte a este pasado que nos salvó en la isla y me encuentro en el pasillo cada mañana. Con suerte el año Bartleby me dejé un sí y las ganas renovadas de poder escribirlo.

Guía turística

Publicado en la tercera edición de la revista Enso

Clarisa camina hacia las escaleras, no mira de frente porque hojea uno de los libros que recién tomó del tercer estante en la librería Pasta Dura. De reojo, por encima del libro, alcanza a ver el precipicio que anuncia la escalera en descenso, aminora el ritmo de sus pasos e intenta memorizar la página antes de cerrar el libro. La librería Pasta Dura es una de las más grandes y mejor surtidas; con cuatro pisos abastecidos cubre fácilmente el mercado que va desde libros escolares hasta textos especializados en materias desconocidas. Clarisa desciende del piso tres a la planta baja directo a pagar dos libros que encontró en la sección de rebajas.

El primero en registrar la cajera es un compendio de los hechos sobrenaturales menos creíbles en el último siglo, espectros de electricidad, maldiciones inofensivas y algunas muertes accidentales bochornosas. La cajera sonríe al introducirlo en la bolsa de papel y Clarisa confundida trata de descifrar el gesto mientras le entrega el segundo libro; éste es la edición ilustrada de una colección de guías turísticas de Macedo, su ciudad. Incluye desde la más breve invitación a un recorrido por las modernas instalaciones del túnel de cristal hasta crónicas informativas sobre alojamiento, puertas de acceso y asesoría para pasar vacaciones maravillosas en los interiores de la primera ciudad severamente afectada por el cambio climático y demás desordenes naturales.

La cajera recibió el dinero, entregó la bolsa con libros y las pequeñas monedas que le sobraron. Clarisa, entonces, cruzó el ventanal de salida, por debajo del espectacular rojo y azul con el nombre de la librería, contando las monedas al tiempo en que tiraba en el cesto de basura el comprobante de pago. Así caminó hasta la puerta de acceso, pasando al lado de algunos aparadores que mostraban bisutería artesanal y cremas dermatológicas. Sacó de la bolsa de papel la colección de guías turísticas y la abrió de memoria en la página seis. Esperando de pie, leía el encabezado “El túnel de cristal según las épocas del año” cuando la puerta de acceso se abrió e ingresó al tranvía. Se dirigió al asiento más cercano y ya sentada puso la bolsa con libros sobre sus piernas. Reinició el párrafo de la nota sobre el túnel y leyó entre dientes, casi murmurando:

Gran parte de la ciudad está encapsulada por un túnel hecho de cristal, cuya trayectoria alcanza la totalidad de la vida diurna. Las propiedades de ese cristal han sido manipuladas para estabilizar sus cambios en función de una resistencia máxima al calor tóxico que golpea a sus habitantes. Si piensa viajar entre marzo, abril y mayo deberá considerar que el túnel transparente es cubierto por un filtro ocre, esto debido a que son los meses críticos del año.

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Si te llamaras Siberia

En su cumpleaños número ochenta, Flor sostiene con ambas manos un plato con pastel de zanahoria; su hija María lo compró en el supermercado, se debatió entre un pay de queso congelado y la inmejorable oferta del pastel durante diez minutos, luego pagó, subió al auto y fue directo a casa de Flor. En la primera avenida el pastel sufrió un golpe que removió ligeramente el betún, María frenó el auto y no pudo evitar que el pastel rebotara en el empaque de plástico. Frunció el ceño después del susto y antes de maldecir al taxista calvo que había cambiado de carril sin previo aviso, lo hizo también cuando miró el betún y pensó que hubiera sido mejor opción el pay de queso congelado.

Siempre en el cumpleaños de Flor, hijos y nietos caen en cuenta que son más viejos. Al tema de las enfermedades y las medicinas cada año se une alguien más. La presión arterial, la diabetes y el reumatismo son padecimientos hereditarios, así que cada nueva generación asegura la tradición. Es como si se acudiera al acto oficial en el que los pensamientos catastrofistas se reivindican. María aún alterada les relata el accidente del pastel de zanahoria en el mismo nivel en el que Manuel, su hermano menor, despotrica contra los directivos del Banco Mundial; de alguna manera, conectan la malicia del taxista calvo con la avaricia de los banqueros e inversionistas. Ambos bandos, como una liga del mal con dirección universal, los descomponen lentamente y es la celebración de Flor en la que son conscientes de su magnitud.

No suelen encontrarse con regularidad pero se tratan con afecto y naturalidad. Las anécdotas compartidas, las versiones mal contadas de tiempos pasados que tiene cada uno alimentan a los demás. Los jóvenes observan aburridos a los mayores, se resisten a la tentación de imaginarse ocupando ese sitio, se prometen en voz baja que ellos serán diferentes, pero lo cierto es que no, no lo serán. Los jóvenes se reúnen en el jardín pequeño, desde allí escuchan la conversación agitada de María, Manuel y Esteban, el primogénito de Flor que sólo mueve la cabeza negando las historias sin aportar nada. Fue el primero en nacer, por lo tanto, confían con devoción en su última palabra. Sentencia cada anécdota con un “no eras tú María la que tenía sarampión en la boda del tío Jaime, era Manuel y él contagió a la hija de Nati” o “la bicicleta era verde, no azul y al final se la regalaron a un albergue”. Pero, en realidad, Esteban no recordaba nada, solamente improvisaba con éxito.

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Un paseo de televisión

Tras el final de la cuarta temporada de True Blood no queda más que desilusión. Lo que molesta no es el uso indiscriminado de criaturas cada vez menos interesantes y flojas; la reincidencia en una comedia que, a fuerza de repetirse sin contención, cruza el borde delgado entre el humor negro y lo patético; o los episodios evidentemente forzados en escenas eróticas y las innecesarias historias de relleno; no, lo que realmente irrita es haber esperado una semana por meses para ver cómo nuestros personajes favoritos se convierten en un séquito en celo detrás de Sookie Stackhouse y no poder evitarlo. Pero sobre todo enoja no tener el poder de olvidarse de True Blood porque el intro sigue siendo encantadoramente el mismo y porque imaginamos a Alan Ball riéndose de nosotros mientras los vampiros se inmolan por el amor verdadero de un hada dudosa y caliente; al parecer, esa combinación es la que endulza su sangre. El último capítulo, sin embargo, dejó la posibilidad de salvación: la reaparición de la versión vampirizada del reverendo y líder de la Comunidad del Sol (archienemiga de la Liga de Vampiros) podría ser el camino para retomar el enfrentamiento politizado entre criaturas mediáticas, sedientas de poder, en un pueblo híbrido perdido al sur de los Estados Unidos para el verano del 2012.

Escrito para GraphicLust, seguir leyendo allá